
¿QUÉ PASA EN UN PSICOANÁLISIS?
Hay palabras que dejan marcas que tocan al cuerpo. La vergüenza, las inhibiciones, las culpas, los miedos, ciertos dolores, las dificultades con la alimentación, la angustia o algunas formas de malestar pueden ser algunos de sus efectos.
Una frase que alguien nos dirigió —o algo que se esperaba y nunca fue dicho— puede seguir actuando muchos años después. Puede manifestarse en una dificultad que no cesa de repetirse, en una impotencia, en una relación que no funciona o en un síntoma que se atraviesa en la vida.
No es por azar lo que padecemos.
Muchas personas buscan un análisis cuando algo que sostenía su vida cotidiana deja de funcionar: una separación, una pérdida, un despido, una relación que se vuelve intolerable o un malestar que ya no se puede pasar por alto. Lo que antes parecía tener cierto orden comienza a perder sentido.
Quien inicia un análisis no necesita saber con claridad qué le ocurre. A veces basta con reconocer que algo no anda, que se repite o que se ha vuelto difícil de soportar, para decidir hablar de ello.
Desde muy temprano, ciertas palabras o acontecimientos, particularmente en la familia, pueden cobrar un sentido para cada sujeto. Ese sentido que en su momento pareció insignificante puede, sin embargo, terminar por trazar un destino. El trabajo analítico consiste en aislar esas marcas para que el sujeto pueda desprenderse del sentido ligado a ellas y, con ello, desactivar la fuerza repetitiva que hace sufrir.
La escucha del psicoanalista no es una escucha cualquiera. No es la de un médico, un maestro, un amigo o un psicoterapeuta. El analista escucha y señala eso que el paciente ha dicho sin saber que lo dijo. De ese modo, el paciente puede advertir en sus propias palabras algo que hasta entonces desconocía. Ese encuentro con lo imprevisto puede causar una verdadera sorpresa.
La enseñanza de Jacques Lacan renovó la práctica iniciada por Freud al mostrar hasta qué punto el síntoma está ligado al lenguaje y a la historia singular de cada quien. Por eso, un análisis no consiste en recibir consejos, explicaciones generales ni soluciones prefabricadas.
Dirigirse a un psicoanalista puede hacer que lo dicho se escuche de otra manera. En ese trabajo pueden surgir preguntas inesperadas, ponerse en duda certezas que parecían incuestionables y abrirse otras formas de responder a aquello que hace sufrir.
El analista escucha lo que es propio de cada persona: aquello que no puede reducirse a una norma, a un diagnóstico general ni al papel que los demás esperan que desempeñe.
Comenzar un análisis supone creer que aquello que hace sufrir puede decir algo cuyo sentido todavía se escapa. El analista se conduce con tacto, prudencia y atención al detalle. Su interés por la particularidad de quien consulta propicia una manera de hablar en la que ciertas palabras pueden adquirir un relieve inesperado
Carlos Lacaud

LA CURA LACANIANA
Un psicoanálisis lacaniano no busca enseñar a alguien cómo debe vivir, corregir su conducta ni adaptarlo a una idea general de normalidad. Mucho menos consiste en recibir consejos, ejercicios o respuestas preparadas de antemano.
El analista dirige la cura, pero no dirige al paciente. No decide por él, no le indica qué debería desear ni pretende conducirlo hacia un modelo de bienestar válido para todos. Quien realiza el verdadero trabajo en un análisis es quien habla: el paciente.
Esto no significa que el analista se limite a escuchar pasivamente, bajo la suposición de que hablar hace bien. En psicoanálisis no hay escucha sin intervención. Una palabra señalada, un corte en la sesión o una interpretación pueden hacer que algo dicho casi al pasar adquiera un relieve inesperado.
El psicoanálisis lacaniano se sustenta en un marco teórico y clínico riguroso, elaborado a partir del campo inaugurado por Freud, cuyo alcance va mucho más allá de la mera recepción pasiva de la palabra de quien consulta. La práctica clínica exige, además, que el analista haya atravesado la experiencia de un largo análisis propio. Esto es capital.
La enseñanza de Jacques Lacan sostiene que el síntoma —entendido como aquello que se interpone en la vida— está estrechamente ligado al lenguaje. Es su premisa fundamental. El síntoma está hecho de la historia singular de cada persona, de las palabras con las que fue acogida incluso antes de nacer y de las huellas dejadas por el deseo de sus padres: por la manera en que fue esperada, deseada o, incluso, no deseada.
¿Quién puede negar que una palabra o una frase aparentemente insignificante, pronunciada por alguien, haya quedado grabada y haya orientado su destino a lo largo de los años?
Aquello que en la actualidad se presenta bajo nombres comunes —ansiedad, depresión, dificultades alimentarias, entre otros— no se padece de la misma manera en cada sujeto. Tanto las causas como la función que esos síntomas cumplen son diferentes en cada caso.
Algunas psicoterapias proponen técnicas, pautas o procedimientos previamente establecidos que apuntan a la rápida desaparición del síntoma, aunque este pueda reaparecer bajo otra forma, en ocasiones más grave. Se centran en corregir conductas y recurren a un diagnóstico seguido de un protocolo estandarizado de atención que no siempre permite tomar suficientemente en cuenta la historia singular de cada paciente. Sus resultados pueden, por ello, resultar insatisfactorios.
La cura analítica sigue otro camino: parte de lo que cada persona dice, de sus repeticiones, sus equívocos, sus silencios y de aquello que aparece sin haber sido deliberadamente pensado. Del trabajo analítico puede surgir una manera distinta de responder a lo que no cesa de repetirse. No una solución universal, sino una salida hecha a la medida de cada quien: un modo más propio y menos doloroso de relacionarse con su síntoma, con su deseo y con los otros.
Carlos Lacaud





